jueves, 29 de enero de 2015

Prólogo para Las voces mudas


        Mil vidas parecieran poder caber en una sola. Es lo que nos ocurre pensar luego de trabar conocimiento con ciertos personajes históricos de corte aventurero y sufrir el irresistible contagio del ímpetu frenético que ellos han sabido imprimir a sus febriles existencias. César Borgia es uno de esos ejemplos de vida múltiple y de inagotable aliento. Vistiendo la púrpura o empuñando la espada lo encontraremos siempre nuevo y distinto sin dejar de ser el de siempre y sin faltar nunca a su natural osado e inquieto. El escenario en el que se movió este extraordinario personaje, cuyo impulso no fue sino el de su enorme ambición, no parece tan vasto desde una óptica moderna. Sin embargo, al recorrerlo a su lado notaremos cómo la geografía se expande, cómo los horizontes se atirantan y los límites ciertos se esfuman, a tal extremo que lo anecdótico se pierde en los nebulosos terrenos de la leyenda. No es casual, por tanto, que muchos escritores se hayan sentido seducidos e inspirados por el héroe en cuestión y que tanta tinta se vertiera para perfilar su figura. Quizás no todos lo hayan plasmado con pareja fortuna (esto seguramente) ni con igual comprensión del hombre a tratar. Todo lo cual no daña al personaje; más bien por el contrario. Que haya profusos César Borgia en la ficción (y que muchos otros permanezcan aguardando cobrar forma en las sombras) es también un modo de hacer justicia a aquel que tantos supo ser bajo una misma carnadura –a través de una sola y única existencia.

Próximamente en Relatos en un reloj de arena II, E-ditarx.



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